martes, 23 de abril de 2013

La historia... ¿comienza?



Por fin compré el libro "La historia comienza" de Amos Oz que llevaba casi un año buscando hasta que lo compré en la feria del libro. Comparto con ustedes el maravilloso prólogo.
¡Disfruten! 


Pero ¿qué existía en realidad antes del Big Bang?

Mi padre escribía libros sesudos. Siempre me envidió la libertad que yo gozaba, como novelista, de escribir como quisiera, directamente de la cabeza a la página, sin las limitaciones de toda esa búsqueda e investigación preliminar, sin la carga de la obligación de conocer todos los datos existentes en la materia, sin el impedimento de cotejar fuentes, proporcionar pruebas, comprobar citas y poner notas a pie de página: libre como un pájaro. ¿Tiene uno ganas de escribir: "Shmuel ama a Tsila"? Pues adelante, a escribirlo. ¿Quiere escribir: "Pero Tsila ama a Gilbert"? Allá va. ¿Quiere añadir: "Sin embargo, Shmuel y Gilbert se aman"? ¿Quién puede rebatirle? ¿Quién puede venir a discutírselo con datos contrarios o con fuentes que a lo mejor se le han pasado por alto?

Yo, por otra parte, tenía cierta envidia a mi padre. Cada vez que se ponía a trabajar en un artículo erudito, su mesa de trabajo se llenaba, de un extremo a otro, de libros abiertos, separatas, textos de consulta, diccionarios, un arsenal de artillería de apoyo. él nunca tenía que estar, como yo, sentado contemplando una única y burlona hoja en blanco en medio de un escritorio desierto, como un cráter en la superficie de la luna. Sólo yo y el vacío y la desesperación. Ponte a sacar algo de nada en absoluto. Por cierto, estoy hablando del mismo escritorio. Cuando mi padre murió, yo heredé su mesa, que durante años y años estuvo densamente poblada, como un suburbio de Calcuta, mientras que ahora está tan desierta como la pista de aterrizaje de Kosovo.

En realidad, ¿quién no ha tenido la horrible experiencia de estar sentado delante de una hoja en blanco que le sonríe a uno con su boca desdentada: "Adelante, vamos a ver si me pones la mano encima"?

Una página en blanco es en realidad una pared encalada sin ninguna puerta ni ventana. Empezar a contar una historia es como tontear con una persona totalmente desconocida en un restaurante. ¿Recuerdan al Gurov de Chéjov en "La dama del perrito"? Gurov hace al perrito un gesto monitorio con el dedo una y otra vez, hasta que la dama le dice, ruborizándose: "No muerde", y entonces Gurov le pide permiso para dar un hueso al can. Tanto a Gurov como a Chéjov se les ha dado así un hilo que seguir; empieza el coqueteo y el relato despega.

El comienzo de casi todos los relatos es realmente un hueso, algo con lo que cortejar al perrito, que puede acercarlo a uno a la dama.

Imaginen que deciden escribir acerca de una muchacha de Nahariya -llamémosla Mathilda- la cual averigua que tiene una prima en Grecia a la que no conoce. Supongamos que la prima se llama también Mathilda. Imaginen
que la Mathilda de Nahariya resuelve ir a Grecia en septiembre a conocer a su prima y tocaya. Muy bien, pero ¿qué debe ir primero? ¿Mathilda despertándose una soleada mañana? ¿Mathilda en la agencia de viajes? ¿Mathilda de niña, aquel memorable día en que se pilló los dedos en el ventilador? ¿O Mathilda en Tesalónica, tomando una habitación en un hotel lleno de granjeros, donde conoce a un tímido apicultor? ¿O debemos quizá empezar el relato con una descripción detallada de las espesas telarañas que hay en el trastero de debajo de la escalera?

¿Qué hay que contar en el primer capítulo? ¿Y en el primer párrafo? ¿Mathilda mirando los pendientes que pertenecieron a su abuela, que también se llamaba Mathilda? ¿Cuánto debe revelar la primera frase? ¿"En medio del camino de la vida / errante me encontré por selva oscura / en que la recta vía era perdida"? (Dante, "Infierno"). Tal vez la estrofa inicial de Dante para el "Infierno" podría servir como línea inicial para todos los relatos: "En medio del camino de la vida" es, más o menos, donde empiezan en realidad muchos relatos.

Así pues, uno se sienta y se pregunta qué debe ir primero y cómo llegar a ese comienzo en medio del camino. Sentándose. Garabateando en la hoja. Arrugándola. Tirándola. Garabateando en la hoja siguiente: formas, flores, triángulos, rombos, una casa con una pequeña chimenea, un gato sin pelo. Arrugándola de nuevo. Tirándola. Para entonces, Mathilda empieza a desaparecer. Uno da la vuelta a una nueva hoja. Ay, la nueva hoja no es más amable que la anterior. Así son las cosas: no hay perrito, no hay dama.

En realidad, esto sucede siempre, no solamente a los novelistas sino a cualquiera que se ponga a escribir cualquier cosa. A Tsila se le ha encomendado que entreviste a Gilbert, uno de los solicitantes del puesto de coordinador de personal en una fábrica. Tsila tiene que informar por escrito de sus impresiones. Escribe: "La entrevista tuvo lugar en el Café Bagdad a las seis de la tarde".

Lo tacha. Eso no es totalmente exacto, porque la entrevista empezó, efectivamente, a las seis, pero se desarrolló entre las seis y las siete menos cuarto. Además, ¿a quién le importa si eran las seis o las ocho, si se trataba de Bagdad o de Alaska? Tacha de nuevo. Muerde el extremo del bolígrafo. Piensa. Luego escribe: "Al principio de la entrevista, Gilbert me entregó…". Vuelve a tachar; cambia "Gilbert me entregó" por "el solicitante me entregó un currículum vitae, que insistió en que leyera en el momento, antes de empezar nuestra conversación. Adjunto el currículum".

Lo tacha. ¿Qué importancia tiene eso? Además, "insistió " resulta demasiado fuerte aquí, pues Gilbert no fue tan categórico. ¿"Pidió"? Demasiado débil. En realidad, lo que hizo fue menos que insistir pero más que pedirme que leyera su currículum primero. ¿Hay una palabra intermedia entre "pedir" e "insistir"? ¿Tal vez "exigir"?

No, no me lo exigió. Y no fue "categórico". En general, "categórico" es una palabra tonta. Sea como fuere, el vitae irá adjunto a mi informe, si es que consigo redactarlo, de modo que ¿a quién le importa si Gilbert insistió, persistió, pidió, rogó o me tentó? (¿Me tentó? ¿Gilbert? ¿Qué mosca te ha picado de repente, Tsila?). Bueno, quizá lo pueda poner así: "El solicitante me produjo la impresión de ser un hombre con una extraordinaria confianza en sí mismo, aun cuando tal vez se esforzó demasiado en tratar de producirme esa impresión".

Estupendo, excepto que en realidad es un bodrio: me produjo la impresión de que se esforzaba demasiado en "tratar de producirme esa impresión". Un asco de lógica, y un asco de hebreo también. Además, "extraordinaria confianza en sí mismo": ¿quién te crees que eres? ¿Un asesor titulado en confianza en uno mismo?

Tsila vuelve a empezar: "Gilbert Kadosh, veintinueve años, nacido en Gedera, Israel, divorciado, sirvió cinco años como inspector de policía…". No. Demonios, ¿es que no puedes poner las cosas como es debido? Sí que sirvió en la policía cinco años, pero fue inspector sólo el último año y medio.

Y ¿por qué no empezar buscándole la gracia? Pero ¿dónde está la gracia? Encima se está haciendo tarde. Y Tsila ha prometido llamar a Mathilda antes de que acabe su turno.

Un asco otra vez. No está claro si "su turno" se refiere al turno de Mathilda o al de Tsila.

Basta. Tsila no presentará su informe hoy. Mañana será otro día. No es el fin del mundo.

Nuevo tachón. "Mañana será otro día" está muy trillado. Por otra parte, ¿y qué? ¿Qué tiene de malo que esté trillado? ¿Por qué no? ¿Y no queda patoso acabar con tres preguntas sinónimas: "¿Y qué? ¿Qué tiene de malo? ¿Por qué no?"?

Tsila hace pedazos la hoja y llama a Mathilda (que se ha ido a Grecia a buscar a la otra Mathilda). Empezar es difícil.

Cierto es que hay diversas estrategias para abordar esta dificultad: hay escritores que nunca empiezan por el principio mismo, sino por un par de escenas fáciles de la parte central del relato, sólo para entrar en calor. (El problema es que hasta una escena fácil de la parte central del relato requiere una frase inicial.) Unos, como el Grand de Camus en La peste, escriben y reescriben cien veces la primera frase de un libro y nunca pasan de ahí. Otros tiran la toalla -podemos imaginar- y, quizá desesperados o agotados, deciden empezar como se les ocurra, qué diablos importa, uno puede empezar por cualquier sitio, sin nada en absoluto, incluso con algo aburrido o un poco tonto. Ahí tenemos, por ejemplo, al gran Dostoyevski y su flojo principio de un relato titulado Noches blancas: "Era una noche prodigiosa, una noche de esas que quizá sólo vemos cuando somos jóvenes, lector querido. Hacía un cielo tan hondo y tan claro que, al mirarlo, no tenía uno más remedio que preguntarse si era verdad que debajo de un cielo semejante pudiesen vivir criaturas malas y tétricas".

Una pena, vamos. Ni siquiera la aduladora apelación al "lector querido" puede redimirlo de su banalidad sentimental. Y esto, al fin y al cabo, es nada menos que Dostoyevski. Sabe Dios cuántos borradores y más borradores hizo, rehizo, destruyó, maldijo, garabateó, arrugó, arrojó a la chimenea, tiró al inodoro, antes de conformarse por fin con esta especie de "bueno, vale".

Ahora bien, puede que no sea así. Después de todo, Noches blancas es un relato escrito en primera persona desde el punto de vista de un personaje sentimental, y lleva el subtítulo Una historia de amor sentimental. (De las Memorias de un soñador) . De modo que bien pudiera ser que la penosa frase de inicio sea deliberada y premeditadamente penosa.

De ser así, tenemos que replantear nuestra cuestión. ¿Cuántos borradores tuvo que escribir y reescribir Dostoyevski para llegar finalmente a este raro espécimen de floja frase inicial? ¿Cuánto refinamiento y destilación tuvo que poner en ese cielo tachonado de estrellas, en ese "lector querido" y en ese cielo que "quizá sólo vemos cuando somos jóvenes"? Dicho de otro modo, el traje nuevo del emperador del cuento de Andersen ¿no era más que un simple engaño, destinado a poner de manifiesto la estupidez del emperador y el conformismo de la multitud? ¿O quizá el niño valiente que gritó "¡El emperador está desnudo!" era también un estúpido, aunque de otra categoría? ¿Es posible que el emperador desnudo en realidad no estuviera desnudo sino maravillosamente ataviado, y que el sastre deshonesto no fuera un farsante sino un asombroso maestro cuyo genio estuviera muy por encima de las posibilidades de la multitud, muy por encima de la comprensión del emperador, muy por encima de los alcances del niño? ¿No podría ser que sólo los espectadores más sutiles hubieran podido darse cuenta del esplendor del traje nuevo del emperador, cuya belleza escapaba al emperador, a la plebe e incluso al atrevido niño deconstructivista, quien debería haber investigado en los archivos antes de poner al descubierto la desnudez del emperador, no porque el emperador estuviera más desnudo que los demás emperadores -o que los demás seres humanos- sino precisamente porque los emperadores desnudos son hoy la oferta especial de la semana?

Podríamos formular la cuestión de la siguiente manera: ¿dónde está, si es que existe, la línea de separación entre presentar un personaje sentimental en primera persona y producir un texto sentimental? ¿O es que ya no hay textos buenos y malos, sino sólo textos legítimos bien acogidos y otros textos, no menos legítimos, que no hallan buena acogida?

Volvemos a nuestra cuestión. ¿Dónde empieza un relato como es debido? Todo principio de relato es siempre una especie de contrato entre escritor y lector. Hay, por supuesto, toda clase de contratos, incluyendo los que son insinceros. A veces, el párrafo o capítulo inicial actúa a la manera de un pacto secreto entre escritor y lector, a espaldas del protagonista. Es el caso del inicio del Quijote y de Ayer mismo, de Agnón. Hay contratos engañosos, en los cuales el autor parece revelar toda suerte de secretos, de modo que el desprevenido lector muerde el anzuelo, imaginando que en efecto se le invita a entrar en el cuarto oscuro y sin darse cuenta de que ese "entre bastidores" no es en realidad lo de detrás de las bambalinas sino solamente un nuevo decorado; mientras el lector se imagina que forma parte de una conspiración, en verdad no es más que la víctima de otra conspiración más sutil: el contrato visible no es más que un objeto de mentira, el sujeto de un contrato interno, más sutil, más taimado. éste es, por ejemplo, el caso del inicio de Michael Kolhaas, de Kleist; de El proceso de Kafka y de El elegido, de Thomas Mann. (El primer capítulo de El elegido se titula "¿Quién toca las campanas?", y se informa con toda seriedad al lector de que no es el campanero el que toca las campanas, sino "el espíritu del relato", sólo para encontrarse después con que este "espíritu del relato" no es ciertamente ningún espíritu sino un irlandés llamado Clemence).

Hay comienzos que funcionan como una trampa de miel: en un primer momento se nos seduce con un sabroso cotilleo, con una reveladora confesión o con una aventura espeluznante, pero al final averiguamos que lo que estamos atrapando no es un pez vivo, sino un pez disecado. En Moby Dick, por ejemplo, hay muchas aventuras, pero también muchas exquisiteces no mencionadas en el menú, ni siquiera en el contrato inicial ("Llamadme Ishmael"), pero que se nos conceden como un plus especial, como si compráramos un helado y ganáramos un pasaje para dar la vuelta al mundo.

Hay contratos filosóficos, como la famosa frase inicial de Anna Karénina, de Tolstói: "Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz lo es a su propia manera".En realidad, el propio Tolstói, en Anna Karénina y en otras obras, contradice esta dicotomía.

A veces se nos pone frente a un contrato con un principio áspero, casi intimidatorio, que advierte al lector desde el mismo comienzo: los pasajes son muy caros aquí. Si usted cree que no puede permitirse un cuantioso pago por adelantado, será mejor que ni siquiera intente entrar. No habrá concesiones ni descuentos. De este tipo es, por ejemplo, el principio de El ruido y la furia, de Faulkner. Pero ¿ qué es, en última instancia, un comienzo? ¿Puede existir, en teoría, un comienzo adecuado para cualquier relato? ¿No hay siempre, sin excepción, un latente "comienzo antes del comienzo"? ¿Algo previo a la introducción, al prólogo? ¿Un acontecimiento anterior al Génesis? ¿Una razón que diera motivo al factor del cual se originó la causa primera? Edward A. Said distinguió entre "origen" (un ente pasivo) y "comienzo" (que él considera un concepto activo)*. Si, por ejemplo, queremos empezar un relato con la frase "Gilbert nació en Gedera el día siguiente a la tormenta que arrancó el cinamomo y destruyó la valla", a lo mejor tendríamos que hablar de la caída del cinamomo, tal vez incluso de las circunstancias en las que se plantó, o tendríamos que remontarnos a cuándo, de dónde y por qué vinieron los padres de Gilbert a establecerse precisamente a Gedera, y contar por qué se fundó Gedera, y dónde estaba la valla destruida. Pues si Gilbert Kadosh nació, alguien tuvo que tomarse la molestia de engendrarlo; alguien tuvo que haber esperado algo, o temido, amado o no amado algo. Alguien pidió y se le concedió; alguien disfrutó, o sólo hizo como que disfrutaba.

En suma, para que la narración esté a la altura de su obligación ideal, tiene que retroceder por lo menos hasta llegar al Big Bang, a ese orgasmo cósmico con el cual empezaron todos los bangs menores. Y, por cierto, ¿qué existía aquí en realidad justo antes del Big Bang? ¿Una encarnación anterior de Gedera? En nuestro contrato inicial, el de la tormenta y el cinamomo, debiera existir, como un cromosoma, lo que un día hará que Gilbert Kadosh se case, luego se divorcie, ingrese en la policía, luego se retire y solicite un nuevo empleo, que es lo que da lugar a que conozca a Tsila, ese día que pidió -insistió; no, ni pidió ni insistió, sino algo entre insistir y pedir-, y desde entonces Tsila se ha sentido fascinada por él, averiguando al final que Shmuel, que la ama, se está enamorando también de Gilbert. ¿O no deberíamos empezar por Gilbert ni por Tsila, sino por este Shmuel? ¿O incluso por la tatarabuela de Shmuel, Mathilda, que era también tatarabuela de Mathilda, la amiga de Tsila, la que fue a Grecia a buscar a su desconocida prima y tocaya?

domingo, 14 de abril de 2013

Conversaciones entre huesos

I

Viernes. Seis de la tarde. Conversación con A.

Otra más para la lista de random conversations:

- "Omertà es el único libro 'de superación' que uno debería leer. Lo siento. Estoy obsesionado".

- "¿Y qué es lo que tanto te llama la atención de Puzo?"

(...)

Algo me dijo. El recuerdo se transforma. {Enlace mental a Murakami: "La memoria es algo extraño (...) Al escribir así, persiguiendo mis recuerdos, a menudo me asalta una inseguridad terrible. ¿No estaré olvidando la parte más importante? ¿Acaso no existe en mi cuerpo una especie de limbo de la memoria donde todos los recuerdos cruciales van acumulándose y convirtiéndose en lodo?"}

Pero en esencia la epifanía de la noche fue algo así como:

"Con quien quizá es más difícil negociar, y con quien realmente debes hacerlo, es contigo mismo".

II

Conversación con B. Un día cualquiera en un parque:

- "Esto va a sonar muy machista, Clara".
- "Dime, soy un niño".
- (...) pero la verdad han sido pocas las mujeres con las que de verdad puedo llegar a conversar con un nivel de profundidad. Con mis amigos, podemos llegar a discusiones de horas... Ella es lo más cercano a ese tipo de conversaciones".

III

Mientras escucho lo que A me tiene que decir sobre Puzo, pienso en cómo conversamos las mujeres. Todas de manera diferente. Estoy en la conversación, claro... pero la carga de historias que tengo en la cabeza es más grande.

Pienso en C. Pienso en que habla mucho. No sé si los hombres últimamente hablan tanto porque tienen mucho por decir... No sé si sea solo por mí. No sé si quieren impresionarme con lo que saben. Yo solo escucho. Escucho para aprender, escucho para reflexionar. Incluso, muy a pesar mío, a veces escucho porque no tengo nada qué decir... y a veces escucho porque me domina la tensión sexual.

Mi silencio no implica que no esté pensando. Mis palabras no se las gana cualquiera. El ego juega conmigo. Siempre estoy jugando. No puedo hablar del clima. Lo hago, pero viene siempre un recuerdo que me golpea.

IV

La mentira.

Ángel me ha mandado un audio grabado por él. Lo escucho. Pienso en las pocas posibilidades que brinda el día a día para conversar sobre lo verdaderamente importante. Filosofar de vez en cuando es necesario... Y no, no se trata de una referencia oculta a Sade... aunque podría serlo.


Mentir podría generar placer... pero en mí genera angustia. A veces se me olvida hacerlo... y luego alguien me pregunta cómo estoy... y lo recuerdo.


jueves, 11 de abril de 2013

Alors on danse




De repente Angélica me miró. Yo estaba llorando. No podía calmarme.
No podía hacerlo yo y nadie podía hacerlo por mí.

Extractos del diario mental.

Siento luz en mi alma ahora. Quizá a pocos les importa pero, con cada respiro, me relajo cada vez más. Disfruto las luces, los colores, las formas…



Ahora sé que la danza es la vida. La danza incluye el trueno, la tempestad, la calma, las tímidas gotas y la tierra mojada. La danza es.

He llegado a la conclusión sencilla de que el movimiento es vida. Nacemos y nos movemos. Nacemos y bailamos. Bailamos para renacer.

Pero también morimos. Y quizá lo más parecido a la muerte sea lo estático. Morimos y frenamos. Morimos y la canción se acaba. Morimos y cae el telón.

O en palabras de Chaplin: 

«La vida es una obra de teatro que no permite ensayos... Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida... antes de que el telón baje y la obra termine sin aplausos».




Imagen de la película Pina

La danza también es el amor. La danza es saber decir «sí»…
-  -       ¿Bailamos?
- -        ¿Por qué no?

La danza es dejarse llevar a veces y otras proponer el paso… Quien danza saber decir «gracias» y también sabe decir que no. Danzar es leer y danzar es escribir. Dibujar con el ser, hablar con la mirada.

Pronto hablaremos el idioma de los cuerpos, entonces te diré:

«Bravo, querido lector. Gracias por esta pieza».

domingo, 24 de marzo de 2013

Manual para avivar su drama


Aclaremos dos cosas:
1. Me encantan las personas serenas... lo que no soporto es la pasividad excesiva.

Siento que una dosis pequeña de drama es necesaria, de vez en cuando, para poder evolucionar. Si miramos la literatura o el cine, los personajes pasivos casi nunca logran ser recordados. Se requiere ser un extranjero con una carga emocional suprema para que la gente se acuerde de usted cuando se muera o cuando el libro acabe. Si una obra literaria quiere ser grande, el conflicto será necesario. Sin conflicto no hay resolución... y sin resolución no hay historia.

2. No es que me quiera convertir en Carrie Bradshaw (Clari Brad-show), pero tal vez las siguientes lecciones aprendidas le sirvan a alguien para lidiar con su drama. No es evitar el drama, es hacerlo parte de su día a día y no meter a nadie en él. No es sufrir sin sentido cual emo crespo. No. Es reírse de las cosas que le pasan y ver cómo va a hacer para que no le vuelvan a pasar. Sin más preámbulos, le cuento algunas reglas propias que he creado últimamente a partir de lecciones aprendidas. Puede ser que le sirvan a usted, a alguien que conozca o incluso solamente se distraiga un rato... o puede que no le sirvan y haga las propias... cuente con mi apoyo...

Ah... y, cuando las haga, recuerde que también puede romperlas de vez en cuando... ¡Para eso son!

1. La regla del príncipe
Nunca salga con un tipo que a usted no le guste o al que usted potencialmente no besaría. Salga con sapos que le parezcan lindos incluso antes de besarlos. Ojo: no digo que sean bonitos para el resto, sino bonitos para usted... No pierda su tiempo ni le haga perder el tiempo al tipo. Se ahorrará mucho drama, créame.


2. La regla de “El que te quiere, te busca” (o la que te quiere, te busca)
El interés es el interés.
Le pongo un ejemplo: mi amigo Christian está loco por Adriana. Estoy segura de que si ella lo llama a las 11 de la noche y le dice que se vean para tejer ruanitas en croché (o el plan más aburrido que el lector tenga a bien imaginar), el tipo corre.

¿Qué pasaría si fuera Ginna, otra chica linda pero que no es Adriana, la que lo invitara a un concierto de The Rolling Stones feat. Diomedez Díaz (o cualquier otra cosa nunca antes vista que yo pagaría por ver)?

Hay dos posibilidades:
a. El man va, aunque no sale corriendo.

Prenda la señal de alerta si: pone “peros”, prefiere otro plan, no confirma la cita días antes, casi no inicia las conversaciones o no llama y solo envía cosas vía Facebook o chat. Tal vez no está tan interesado como usted cree.
b. El man no va.

Pero... ¿y si es una mujer?
Esto es lo que yo creo, pero de nuevo... ni idea porque cada mujer es un mundo aparte.

Usted la invita a salir. Ella acepta. Fin de la historia.
Uno sabe cuando un hombre está interesado por cómo actúa antes de la cita. Si pierde interés durante o después de la cita, es otra cosa. Pero por lo general, con una mujer funciona al contrario. Ella da las oportunidades para ver si el tipo le gusta. Depende de usted que ella se interese. Si usted de verdad le gusta, no importa que tenga otros tipos detrás, ella le parará bolas. Si usted es bobo, lo más seguro es que corra y haga fila donde ya hay fila... pero así son los tipos. Nada qué hacer.

En el caso del hombre, creeeeo, que depende mucho más de si usted le llama o no la atención. Si de entrada usted no le gusta, posiblemente usted no le gustará al siguiente minuto, ni a la siguiente hora, ni veinte años después. ¡Es más!... posiblemente usted hasta le guste, pero puede haber otra chica que le guste más. Si usted es boba, lo más seguro es que se ponga a ver cómo llama la atención del tipo y haga fila como una idiota detrás de él. Nada qué hacer.



3. La regla de “Soy Claro y estoy conTigo”
A propósito del punto 2, si el tipo no llama, chao. ¿De verdad quiero un tipo que no tiene las agallas para coger el teléfono y llamarme?

En el caso de los tipos: ¿De verdad quieren a alguien que no tenga tiempo para ustedes, los deje hablando solos en el chat o no conteste sus llamadas?

Una mujer con la que tengan que portarse como unos hps, no vale la pena.
De hecho, ningún ser humano.

4. La regla de “Más jajajajaja y menos jejeje”
¿Han notado que cuando uno se rie en chat como “jeje” es que el chiste no le hace tanta gracia? Pues bueno. Desde hace un tiempo simplemente me rio de lo que me pasa y me rio con toda la gana posible. Me rio hasta en mayúsculas. Me rio y me rio hasta que digo que ya no me puede pasar nada peor y que algún día se lo contaré a mis nietos. Si no le gusto, que le dén.
Eso no lo convierte en un mal tipo. Simplemente no le gusto y ya. Lo malo es cuando el tipo intenta darme cuerda... o, peor aún, si yo me doy cuerda solita y sigo insistiendo. Entonces paro y digo: JAJAJAJAJAJAJA a la zona de amigos y que pase el siguiente.

5. La regla del gorila: JU JU JÚ
Cuidado con los micos emocionales. Obvio que no me las sé todas, pero ya estoy entrenando mi radar para saber si me topo con esta especie. Hombres: también aplica para ustedes... Ojo con las micas emocionales... aquellas que no han soltado un palo y ya van a coger el otro. Pilas con aquella persona que no ha acabado de salir de una relación y ya está en otra... una cosa es la diversión y otra la seriedad. En otras palabras, si usted se las da de Tarzán, más le vale que termine con Jane y no con Chita. Está advertido.

6. La regla del “a la mierda el prejuicio social, yo no soy el papa”
Ni salir es casarse, ni proponer una salida es ennoviarse. No creo que esté mal invitar a salir a un tipo ni creo que sea un pecado llamarlo o mandarle un mensaje. Qué pereza que siempre le toque a alguno de los dos ser el de la iniciativa.

7. La regla del “When I saw her standing there”
No soy la más fanática de los Beatles. ¡Es más! Creo que prefiero a los Stones... ¡Es más! Creo que no prefiero a ninguno... (Cuidado papas musicales que me excomulgarán por no idolatrar a ninguno y me harán arder en el infierno)
Lo cierto es que, como decía Manolo Bellón hace unos días: "los Beatles tuvieron que escribir esta canción como cuando tenían 15 o 17 porque ese amor solo se siente así en esa época".

Mi regla es: si no siento mariposas, me ahorro drama a mí y le ahorro falsas ilusiones a él.

8. La regla del "no es no"

Mujeres: si lo va a mandar a la zona de amigos, mándenlo de una y sin más esperanzas. No le diga hoy “no” y la semana siguiente le da caramelo. No sea tan... Después de que usted haga eso, no se queje y pregunte: “¡Ay! pero, ¿por qué se enamoró?”



Hombres: si nos van a mandar a la zona de amigas... la respuesta más inmediata que pasa por la mente de una mujer es: “es porque soy fea... buaaaaa...” y, aunque probablemente así sea, eso implica drama y a ustedes no les gusta el drama. Mi consejo es: o que hagan lo que hizo Zac Effron en 17 again para quitarse de encima a la hermanita (sí, yo soy de las que veo esas películas malas) díganos que están tragados de otra (solo la mandaremos degollar pero nada más) o hagan lo que hizo Mel Gibson en Lo que ellas quieren: díganos que son gays.



9. La regla del Óscar a mejor actriz

Usted puede mostrarle al tipo todo el drama que quiera e incluso parecer bipolar como Jennifer Lawrence en los juegos del destino, si y solo si usted merece ganarse un Óscar a mejor actriz. Si la persona con la que usted está, solo conoce esa fase de usted y la juzga por eso... graves. Ojo con juzgar. A pesar de que parezca que las reglas llevan precisamente a eso, usarlas inadecuadamente, sí puede causar caos. Por ejemplo, si un tipo normal lee esto, posiblemente piense que no quiere salir con alguien que se cree la doctora corazón, ve películas para adolescentes gringos y cree en la astrología. Yo tampoco lo haría. Pero sí saldría con alguien que es alegre, habla de todo un poco y ama la buena comida. Soy ambas... Jamás escribiría sobre la vida privada de mi pareja si no tengo el permiso y también puedo ver películas buenas. Pero si el tipo me juzga y no se gana mi respeto, jamás podrá conocer la parte chévere.

10. Desconfíe de la gente que no come.
No digo de los vegetarianos (ellos sí comen), sino de las anoréxicas. La gente que se priva de placeres sencillos, no es de fiar. Hombres: si invitan a una niña y no come, tampoco se los va a comer a ustedes (al menos con ganas) en el futuro. Mujeres: si el tipo no come, después no se queje porque gasta más en ropa que usted.



jueves, 28 de febrero de 2013

Cocodrilos y renacuajos








No sé si es porque cuando pequeña aprendí esos versitos de Rafael Pombo que enseñaban que uno se iba a meter en problemas si hacía lo que se le daba la gana… No sé si es porque la terquedad es la más poderosa de las mentiras que me cuento… pero lo cierto es que resulté ser más cocodrila que todos los cocodrilos y cacatúas que no me dejan hacer a mí lo que se me da la gana.

Pongámonos a pensar, si es que podemos:

La gente que más lo quiere a uno, es la que más lo jode. Parece que en estos tiempos, la cosa va como «entre más te quiero, más miedo me da de que te hieran… entonces vamos a la cajita de cristal».

¡Muchacho, no salgas!, le grita mamá

Pero él hace un gesto y orondo se va.

Y como uno no le hace caso a la mamá, entonces ya sabemos cómo termina:

Se coló en la boca de un pato tragón

Y este se lo embucha de un solo estirón.
(...)

Sí. 

Se lo comieron.(…)


¿Y quéééééé?

¡Vivió su aventura!
Al menos es el único renacuajo del que media Colombia sabe… aunque la mayoría no tengamos ni la más remota idea de qué carajos era la chupa de boda y a quién se le ocurre irse vestido en un pantano de esa manera… ¡El sapo quedó inmortalizado!

¿O es que acaso no tenemos derecho a saltar al vacío? ¿Es que queremos esa vida plana en el fango a la que la naturaleza nos condenó?

Casa-trabajo-familia-trabajo-casa
Casa-trabajo-familia-trabajo-casa
Casa-trabajo-familia-trabajo-casa
Casa-trabajo-familia-trabajo-casa
Casa-trabajo-familia-trabajo-casa
Es como si de un tiempo para acá nos pareciera mejor una vida Ctrl C+Ctrl V que una vida Ctrl+Alt+Supr = Mandar todo a la mismísima mierda y ser felices (Haga clic, no sea perezoso, oiga la canción).

¿Así qué criatura insignificante como un renacuajo va a pasar a la historia?

Y va de nuevo el comercial en el que la mamá le dice al hijo: «Se va a caer, se va a pegar».

Pero y es que ¿quién me garantiza a mí que si yo siempre hiciera lo que mi mamá me dice… o mi familia… o mis amigas… o cualquiera voy a tener éxito en la vida?
- «Te queda bonita la corbata».
¿Pero si a él no le gusta? Eso es lo que te gusta a ti… porque crees que se va a ver bien y lo van a contratar… pero, en serio, ¿eso lo garantiza?
¡Pues no!

Saludar al vecino

Acostarse a una hora
Trabajar cada día
para vivir en la vida
Contestar solo aquello
y sentir solo esto
Y que Dios nos ampare
de malos pensamientos
Cumplir con las tareas
Asistir al colegio
¡Qué diría la familia
si eres un fracasado!

Ponte siempre zapatos

No hagas ruido en la mesa

Usa medias veladas

Y corbata en las fiestas

Las mujeres se casan

Siempre antes de treinta

Si no vestirán santos

Y aunque así no lo quieran

Y en la fiesta de quince


Es mejor no olvidar

Una fina champaña

Y bailar bien el vals (...)

Shakira (cuando tenía buenas letras)

Entonces me di cuenta de que ando opinando por ahí sobre todo aquello que no me importa… desde las tirantas del vecino hasta si el papa renunció porque le iban a abrir cuenta en Facebook...

- Mind your fuckin’ business, Clara!
Ahora entonces resulté «la gurú», la que siempre tiene un consejito para dar y la que se cree con derecho de joderle la vida al prójimo.
- Ay, claro que no hay placer más grande inventado sobre la tierra que joderle la vida al prójimo.
¡Y resulta que de eso que doy, estoy recibiendo!
¡Ahora la gente me da consejos que no pido!

Incluso me da consejos cuando los pido y resultan ser consejos más cocodrilos que los de la mamá de Rinrín:

- «Eso no vaya».

- «¿Y si pierde la plata?»
- «¿Y no le da miedo?»

Ña, ña, ña

De vez en cuando está bien que a uno alguien le diga: ¡hágalo y no joda!

¡Pórtese mal!

¡Sea políticamente incorrecto!

¡No haga lo que todo el mundo quiere que haga!

¡Vaya revuélquese en el fango y sea feliz!

A lo mejor, así alguien se lo come.

viernes, 8 de febrero de 2013

La maldita palabra (Soundtrack edition)


Citándome a mí misma (¿qué tal ese ego? ¿ah?) he de decir: «Definitivamente esta palabra nos cagó la vida a las mujeres: “intensidad”».

«Usted es una intensa», «no haga esto o aquello porque va a parecer intensa», «qué pereza
Fulana, qué vieja tan intensa» y la peor de todas: «¿será que soy muy intensa?».

No digo que no las haya y no digo que así las quieran ellos… solo digo que no hay peor etiqueta que la autoimpuesta o que aquella que nos niega algún derecho.

¿Y qué derecho me quita el que me digan intensa?
Ninguno.
Ninguno, sí y solo sí no creo que lo sea.
Si me dejara convencer de que lo soy, yo misma estaría feliz con que me traten como quieran o con que creyeran de mí incluso aquello que no soy.

Señores: nos hemos cagado la vida con esa maldita palabra.




Pero si hay algo peor que le digan a uno que es intenso, es que le digan que está desesperado.
¿Desesperada por qué? ¿Por querer algo bueno para mí y quererlo ya?

(Inserte aquí risas mentales de programa de televisión de los 90).

¿Acaso no quieren todos los humanos ser felices y, ojalá, en el menor tiempo posible?

¿Quién dijo que hay un tiempo para empezar a que uno tome las riendas de su vida y que ese
tiempo vendrá solo cuando los planetas y el universo se confabulen? ¿Quién carajos dijo que
matrimonio y mortaja del cielo baja? ¿Quién mierdas se me cagó la vida haciéndome creer
que si saludo a un tipo en el Facebook no estoy dejando «fluir» las cosas o soy una intensa de
mierda?

¿Quién mierdas me va a decir a mí que no puedo decir las putas groserías que quiero decir
porque eso me quita eso que llamamos «femineidad»?

Entonces ahora resulta que soy «menos mujer» para alguien porque digo groserías, inicio las
conversaciones, escribo pendejadas en mi blog y no me tomo fotos pelando teta.

«Por eso es que no la llaman».

Pues si es así, entonces que ni me llamen… a la mierda los tipos que buscan a la tonta. Esos
no se merecen ni mi saludo ni mi respeto. A la mierda los tipos que lo mandan a uno a la
zona de amigos [Oh, oh I want some more]… ¿Qué se creen? ¿se les olvidó acaso que uno viene al mundo con los polvos contados? ¡Ja! Pues ni que fueran muy bonitos.

Suficiente tengo con mis propios prejuicios de lo que debo y no debo hacer… Suficiente tengo
con mi voz interior diciéndome todo lo que DEBO y NO DEBO hacer para agradarle a alguien,
como para que ahora vengan unas cacatúas a decirme que soy una intensa, que nadie me va a querer, que no puedo y un montón de pamplinadas más.

Les tengo noticias: soy una chimba. Se han tragado de mí tipos de todos los estratos, me han
mandado a la zona de amigos tipos de todos los estratos, me han querido tipos con mente
y hermoso corazón y he querido a esos tipos con mi mente y con mi pendejo corazón de
groserías. No me las sé todas en el amor y tampoco espero llegar a sabérmelas porque toda
la gracia se perdería. He leído libros de superación (claro que no he llegado hasta Coelho porque ahí sí me suicido), he buscado la respuesta en los gurús, me he hecho la carta astral de veinte maneras diferentes incluyendo sinastrías y revoluciones solares… creo en mil cosas que nadie entendería… pero sigo convencida de que valgo la hijueputa pena de que luchen por mí.

Aun así SOY una chimba. Que me desanime, jueputa… ¿quién no?... Que me nieguen el trabajo de la vida porque alguien lea estas pendejadas y me juzgue... pues muy mal. Que alguien no se tome el trabajo de conocerme y me juzgue sin saber cuál es mi caricatura favorita, pues muy mal… Pero la cagada no es mía y tampoco puedo llamar la atención más de lo debido para que me pongan cuidado: ESO sí sería ser intensa. Saludar a un tipo y preguntarle cómo está no es ser intensa, es saludar y ya. No lo estoy amarrando y llevándolo atado hacia el altar, le estoy diciendo «hola». No me crea tan pendeja, en serio.

Hoy, después de 25 (ya casi 26) años de decirme mentiras, acepté sin hipocresía y con todo
respeto hacia mí misma dos cosas:

1. Me he mentido desde que tengo uso de razón (y ya les digo porqué) y
2. Los tipos han superado sus frustraciones amorosas con el fútbol y otros deportes.

El tipo que lideraba la conferencia (por la que estoy escribiendo esto) decía hoy:
«No siempre aceptamos nuestro deseo más profundo porque sabemos que, si los demás lo
vieran, nos daría mucha pena».

El ejemplo que daba es muy sencillo: un hombre que secretamente quiere una mujer que le
lave la ropa buscará siempre una mujer que le lave la ropa. Punto. Es que es muy bonita, ah sí.
Es que es muy amable, ah sí. Es inteligente, ah sí… pero no lava ni una camisa… no me gusta y punto.

Si hay cosas sobre las que no se negocia, esos son nuestros deseos más profundos.

(Ah sí. Si yo quisiera alguien que me lavara la camisa, tampoco se los diría).

¿Pero saben qué? De pura chévere les voy a revelar mi más oscuro deseo porque sigo
pensando que me queda casi nada por perder:

Mi yo superficial desea un cómplice con el cual sorprenderme y reírme, que tire rico y que me
suba el ego lo suficiente como para sentir que tiene el suficiente interés en mí.

Siempre creí que lo que quería era un tipo para aportarle cosas y que me aportara…
pamplinadas… al menos creo que estoy dando el primer paso para reconocer que por ahí no
va la cosa. Siempre pensé que quería un man inteligente, un man juicioso, trabajador, chusco,
jodido (que me retara al menos intelectualmente, tanto como para hacerme cantar esta canción)…

(Aquí va una parte editada que solo conocen algunos amigos cercanos dignos de mi confianza).

Y aquí vamos para el punto número dos:
¿Por qué me rindo tan fácilmente yo pero no es socialmente aceptado que un tipo se rinda?
No lo sé con certeza, pero sí tengo una teoría: el fútbol.

Si su equipo ganó, pues ellos celebran.
Si su equipo perdió, cagada pero la vida sigue y ya vendrá un nuevo partido.

Clara no. Ella llora sobre la leche derramada porque este es solo un juego… pero la liga es
mayor.

O a los que les gusta el tennis: pueden pasar horas enteras viendo un partido que para otros
pareciera no acabar. ESE es el gusto, el juego en sí. El marcador va por añadidura. Pausa para llorar sobre la leche derramada con esta otra canción y pensar en las causalidades en vez de en las casualidades.

A mí ya me está entrando la pereza por jugar. De hecho, la pereza por «hacerme» la difícil me
entró como por alláááá en el 2005… y fue cuando decidí que bastaba con NO SER fácil. Así fue como me di cuenta de que con el jueguito no se logra nada, porque siempre se está esperando anotar. Cuando uno decide amar de verdad, se quita las máscaras y apuesta porque sabe que gana por punta y punta: o bien consigue ser correspondido, o aprende una lección de valentía.

sábado, 24 de noviembre de 2012

El Chocoramo



Allí estábamos. En medio de la noche salvaje, bebiendo vodka. De repente pasó un empleado de seguridad. Era un moreno alto y acuerpado de chaqueta naranja.

Entonces ella dijo: «la que ha comido Chocoramo, no se devuelve a gala».

lunes, 12 de noviembre de 2012

Hombres...


No nos digamos mentiras. Toda mujer tiene al menos tres tipos que pertenecen a esta lista y todas tenemos nuestra clasificación. Que coincida o no, eso es distinto... pero vamos a darle un empujoncito a los inocentes criaturos que poco conocen la mente femenina... a ver si dan en qué categoría los han clasificado las zungas esas.

PD: Si alguno de los implicados lee esto, espero que me conozca lo suficientemente bien como para no armar una tormenta en un vaso de agua ;)

1. Brad Pitt (fuera de concurso).
Nunca estarás a su nivel. Inspira belleza, pasión, sexo y su sonrisa derrite. Definitivamente no eres ese. Aunque si estás leyendo esto Brad, podemos quedar para un café un día de estos (guiño, guiño).


2. El papá de mis hijos.
Sexy, caballeroso, inteligente, interesante... gay.


3. El amor de mi vida.
Caballeroso, inteligente, buen conversador... casado o con novia.


4. El novio que le presento a mi mamá.
Respetuoso, lindo, hace cuanto arreglo y favor se le pide en la casa, no es taaaan sexy, pero lo logra y se le hace porque es lindo y buen catre.


5. El novio que NO le presento a mi mamá.
Tiene cero temas de conversación. Su educación es mínima. Sus modales primarios. Tiende a ser feo, pero también se le hace porque no hay nada mejor que un placer culposo.


6. El tipo con el que coqueteo, pero que ni me mira (El Arias).
¿Necesita una explicación? Nunca vamos a tener nada pero igual lo voy a seguir mirando porque sí. Por lo general es un feo con labia. De vez en cuando me invita a algo, pero nunca puedo ir. Cuando sí puedo ir, el tipo está con novia.


7. El otro tipo con el que coqueteo es mutuo, pero con el cual no tengo nada.
Tampoco vamos a tener nada porque tiene todos los defectos de los anteriores y, sumado a eso, no se decide a invitarme a salir. También es feo con labia (incluso puede que tenga hasta buen humor) pero siempre esperará a que yo dé el primer paso: toma tu boletica y ve al final de la fila.


8. El tipo que me cae, pero al que nunca le haría.
Otro que, tras de feo, bruto, cero chistoso, cobarde, aburrido y todo lo demás, tiene como plan principal invitarme a misa de 7 un domingo.


9. El tinieblo que nunca conocerá a mis amigas.
Y no las conocerá por dos razones:
Primera: o me lo van a criticar demasiado (por feo, idiota, chiste flojo, vaciado) o
Segunda: se pueden quedar con él y ahí sí paila.


10. El mejor amigo (El Miguel).
Nunca hablamos, pero cuando hablamos duramos echando chisme hooooooras enteras. Me llama cuando necesita favores. Lo llamo cuando necesito compañía y los otros 10 anteriores no me paran bolas. Me comenta una que otra foto o estado en Facebook. Nunca comento nada de él. Lleva en ese estado 11 años y jamás saldrá de ahí. En medio de todo, lo adoro y me adora, razón por la cual nunca tendremos nada.


11. El amigo.
Ah sí... ah sí... bla. Un amigo. (Es feeeeeeeeo. No le haría ni con una bolsa de pan en la cara).


12. El conocido.
¡Fulanito! claro que me acuerdo de él. El de... sí, sí... ¿trabajamos juntos? ¡Ay sí! Perdón... sí, sí.


13. El «ah sí, tú».
¿Quién? (Si fuera lindo, lo recordaría).


14. El completo desconocido.
¿Hay que explicar?


15. El ex que me botó.
Es el que toda mujer odia... pero por dentro quisiera que volviera. Obviamente está por algo en el puesto 15.


16. El ex del que no quiero saber nada.
Un completo hp al que boté yo muajajajá.

domingo, 28 de octubre de 2012

Ni fu, ni fa






Definitivamente hay hombres que ni fu, ni fa.
Y otros que solamente dicen: «fufa».




Ganas inmensas de correr. Ganas. Ganas de ir al mar. Mejor aún: ganas de correr hasta llegar al mar. Ganas de salir del mar y beber agua. Tiempo de reconexión.



Hubo un tiempo en el que me hablaba y no me respondía. Arena. Desierto. Sol extremo. Sudor. Necesito mucho aire... pero sobretodo me necesito a mí, que soy mi propia agua.

Hoy es indispensable reírse de lo simple, correr hasta la esquina, bailar sin música, sacar a pasear a mi locura al parque, subirla a la montaña rusa, llorar un poco, bailar más, cantar canciones a grito herido, sentir el dolor ajeno, sentir el propio, tener un deja vù, bailar más, ir en el bus y hacerle caras al que está en la calle, susurrar al oído...


Y es que a veces me estanco, me concentro, nado hasta el fondo de la fosa. Y bajo, para saber que allí no hay nada. Sé. Aunque sé que saber es siempre tan pretencioso... pero sé. Sé que no hay nada allí. Yo lo sé. Sé que paré un momento en una isla para tomar el sol y descansar... y sé que no necesito tierra. Hay mucha tierra en mí.

No necesito números, no necesito repasar la fórmula de la felicidad. No necesito de constantes. Quiero reconectarme con la esencia creadora. Sé que en el fondo por eso es que todo se dio así. 

Agua.
Necesito agua.
Necesito empaparme de belleza.
Necesito pararme en la línea que separa los peces de los pájaros.




domingo, 2 de septiembre de 2012

Pithya y los peces



Pithya me venda los ojos y coloca mi mano derecha en su pierna izquierda.

-«La que se lee es la derecha» –dice.

Al oído, me cuenta historias que ya me sé. Historias sobre amores que vienen y que van, historias sobre la vida, historias que ella, de antemano conoce.

Y luego se detiene.

Me habla de peces y de bocas cosidas.

Las bocas de la gente de nuestro tiempo. La boca que fue suya algún día y los besos de la mujer que un día quiso.

No la entiendo. No entiendo. No entiendo cómo escribe.

No entiendo aquella ausencia de dolor. No entiendo lo que pasa si afuera está el aquel quien un día amaste. No entiendo uno por qué se jura «para siempres».

Y afuera está ese aquel con esa misma boca. Afuera está con otra. Tú con tu nuevo alguien. Tu nuevo alguien contigo. De repente el presente se convirtió en pasado. Pithya vive su juego. Es el futuro lo que le concierne. No vengas a verla para hablar del pasado. Calla y escucha las verdades de las putas y la poesía de las gitanas. Calla, calla. Al fin y al cabo, la franqueza se paga.


lunes, 27 de agosto de 2012

Escrito ajeno



No sé a ustedes, pero este texto me encantó. 
Comparto el ritmo y el sentimiento de estos dos párrafos que hizo la señorita @NerazzurraXSemp.

Y yo sé que soy complicada, sé que soy desconcertante, sé que no soy hermosa, sé que no soy alegre, sé que no sé bailar, sé que soy insegura, sé que soy dura, sé que tengo muchas grietas en el alma, pero quisiera que te hubiera bastado con lo que sí soy. Soy apasionada, soy fiel, soy detallista, soy profunda, soy frágil, soy maleable, soy justa, era tuya...
No, no tengo un Mercedes Benz, pero he hecho de mi vida lo mejor que he podido, he usado las pocas y primitivas herramientas que me ha dado para construir la fortaleza que me acompaña. Lo peor del asunto es que me hiciste dudar de mi felicidad, de mi satisfacción con lo que soy y lo que tengo. Después de tí lo volví a entender, soy solo y tanto como puedo y debo ser. 

Me dieron este pelo y estas ganas de volar y se olvidaron de las alas.  

(...)

Creo que sé creer, creo que tu me enseñaste, creo que te amé tanto que quise creer y terminé creyendo de verdad. Quise creer que era digna de tu amor, que soy un ser valioso, lleno de cualidades, que merece muchas cosas maravillosas, entre ellas amor. Creo que sin querer y sin saber me hiciste una mejor persona, creo que quise cambiar y mejorar por tí y lo logré, creo que la próxima vez que ame a alguien, gracias a tí, lo amaré mucho mejor. Creo que todo valió la pena y no me arrepiento de nada, eres el vacío que me acompaña y me llena, eres un órgano más, que impulsa mi vida pero a quien no puedo ver ni dimensionar. Creo que me duele haberte perdido y aunque a tí no te duela, debería, porque estarías orgulloso de lo que lograste en mí y me amarías como nunca amaste o amarás a nadie, solo que no era el tiempo de los dos. Creo que perdiste tanto... que me siento mal por tí. 

Para leer la entrada completa y otras más de esta autora.


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